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La mitad oscura

Primero lo vi parado bajo la lluvia, el cabello le colgaba por el rostro y la ropa se le pegaba al cuerpo. Era más de media noche y la calle estaba oscura y vacía, salvo por él, quien llevaba un buen tiempo parado en una esquina y empapado hasta los huesos. La única fuente de luz era un farol colocado a unos diez pasos de donde se encontraba, aunque la luz vieja y cansada apenas lograba dibujar su silueta.

Luego estaba parado bajo mi ventana. No sé cómo lo hizo, en un instante estaba allá y al otro estaba acá, o ¿será que siempre estuvo ahí y por alguna razón lo imaginé allá? Entonces me miró y sus ojos brillaron. Estaba oscuro y no pude observar su rostro, pero sentí su sonrisa tal como se siente una mirada en la espalda.

Me puse muy nervioso, el cuerpo se me puso helado y unas gotas de sudor bajaron por mi espalda. Las manos me temblaron, las encontré llenas de sudor y blancas como la leche. En ese momento lo escuché en mi oído derecho y luego en el izquierdo, como un susurro que se desplaza con el viento.

– Tú… me necesitas –dijo, con un siseo que se perdió entre el sonido de la lluvia.

¿Cómo necesitarlo si hacía que mis piernas quedaran dobladas por el miedo? Quise responder, decir algo cuando menos, pero mi boca se negó a hablar. Sin embargo, mi mente parecía tener otros planes.

Por último lo sentí detrás de mí como una sombra, como una mitad oscura que me dice cosas horribles al oído, envenena mis sueños y trastorna mis palabras. Lo siento a cada paso, colgado de mi cuello, arrastrando los pies en el pavimento. Se alimenta de mi cordura y se ríe mientras duermo.

Ayer le pregunté por qué lo hacía, quise saber si algún día me dejará en paz. Él puso sus manos en mis hombros y soltó una risa que me oprimió el pecho. Luego continuó como si nada de lo que pudiera decir le importara.

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La gente que llega lejos

Manejaba hacia la oficina hoy por la mañana. Llegué a un semáforo donde suelen esperar limpiadores de parabrisas y voceadores, pero hoy estaban tan solo dos niños de unos seis y nueve años. Ambos flacos y sucios, pero con los rostros maquillados como payasos. El más pequeño llevaba en la mano tres limones.

Los niños se pararon frente a los autos que esperaban el semáforo, yo estaba a la izquierda en primera fila; luego el mayor se inclinó y el menor subió a su espalda, como si fuera este una mesa. Entonces comenzó su truco de malabarismo. El primer limón se le cayó desde el inicio, pero no se detuvo, siguió el truco con los otros dos limones mientras trataba de permanecer en la espalda del otro, quien hacía su mayor esfuerzo por que el otro no fuera a caer.

El show duró apenas unos quince segundos, tras los cuales el menor dijo “bájame, ya me dio miedo” y el otro se enderezó procurando que el otro pudiera deslizarse sin problemas.

Me quedé muy impresionado.

El semáforo se puso en verde, así que metí la mano a la bolsa del pantalón y les di todas las monedas que pude sacar. El menor las recibió, dio las gracias y se alejó sonriendo.

Las últimas calles a la oficina las crucé meditabundo. Me dije a mi mismo:

“Esta es la gente que llega lejos, aquella que a pesar del miedo se sube y hace lo que tiene que hacer”

Estuve navegando por Internet

Recuerdo que hace muchos años alguien me preguntó lo que había hecho la noche anterior y respondí algo como “estuve navegando en Internet”. Ahora que menciono esta frase, me siento viejo.

¿Recuerdan como era antes el mundo en Internet? Un mundo donde resultaba difícil encontrar las cosas y muy fácil perderse entre las páginas. Entonces “navegar en Internet” era considerado como un deporte “personal”. Es que era muy fácil, tu solo abrías el explorador y le dabas clic a la primera liga que te pareciera interesante, luego repetías esto mismo hasta que la cabeza estuviera por estallar o llegaras al mismo límite de la red.

Recuerdo que solía llenar carpetas y carpetas de mis hallazgos en la red. Música, imágenes, videos, blogs, tutoriales, cursos, revistas, cómics, caricaturas, etc.

Ahora cuando piensas en Internet lo primero que viene a tu mente es Facebook, Twitter y Whatsapp. Solo los ñoños pensamos en Google+. Pero, ¿qué pasó con lo demás? ¿En qué momento dejamos de explorar las redes y nos dedicamos a acosar a los demás?

Que divertido era, la verdad. Ahora que lo pienso, me sentía como un Jacques Cousteau del hiperespacio.

Quien sabe, tal vez todo esto no sea más que una señal de que los años comienzan a caerme sobre la espalda.

Diseño-Sitio

Rediseñando la Experiencia en el Sitio

Desde hace un par de meses andaba con la idea de cambiar el aspecto del sitio. Si, otra vez. Algo siempre termina por desagradarme, supongo que sigo en la búsqueda del diseño perfecto, uno que sea cómodo para la lectura y que además facilite acceder a mis cosas.

He invertido unas seis horas en esto y aunque faltan algunos ajustes finales, estoy bastante satisfecho con el resultado.

Qué dicen, ¿mejoró el sitio o reclaman el anterior?

story

Un corazón para mi madre

— Estaré bien –me dice y observa con esos ojos opacos y profundos.

Su voz se escucha débil y ha perdido el color en el rostro. Apenas puedo ver su cabeza y manos entre los pliegues de las sábanas. Esas manos tan arrugadas y llenas de cicatrices me transportan a mi infancia, cuando estuve internado en el hospital y me someterían a una cirugía. Me pregunto si estuve en la misma habitación. No, no lo creo, aquí todas son iguales y además ha pasado mucho tiempo como para recordarlo.

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writer

La importancia de leer un libro mientras se escribe otro

He leído muchas referencias de diversos autores, exitosos o no, diciendo que lo más importante para convertirte en un buen escritor es escribir tanto como te sea posible o quizá más. Esto es muy cierto porque, a fin de cuentas, el escribir es un oficio y mientras más se realice mejor es el resultado. Claro está, los hay quienes nacen con un (llamémosle) “don” y recorren este camino a grandes pasos.

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